
HISTORIA
Todo comenzó con una perra negra en la casa del vecino durante unas vacaciones.
Sólo verla me dejó marcada. Era espectacular, claro. Y hermosa. Y grande. Muy grande. Enorme. La perra más inmensa que había visto en mi vida, y eso que ya tenía yo unos 18 años a mi haber, y había visto muchos perros...
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Y sucedió el milagro: la perra había tenido cachorros recientemente. Ella era una gran danesa a la que nunca inscribieron, y el macho, afortunadamente, lo era también.
Sólo ver ese bultito gris de ojos brillantes me cautivó. Tenía que tenerla.
Rogué a mis padres, que miraban espantados el tamaño de la madre y calculaban con horror la cantidad de alimento... Hija única como era, vencí.
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Era la época en que practicaba yo karate en la universidad, y mi perra se llamó Katana.
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Katana se crió entre gatos (yo había rescatado 21 gatos, y todos vivían en casa. Yo iba a la caleta de pescadores a diario a buscar pescado) y se pasó buena parte de su infancia tratando de trepar al árbol del patio... Corría para tomar vuelo y acababa sentada en el suelo sin entender cómo era que los demás podían subir y ella no.
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Katana creció. Y creció. Y creció.
Era mi perra. Mi amiga. Mi confidente.
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Mamá la adoraba. Papá amaba salir con ella a dar largos paseos.
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Pasó el tiempo y nos mudamos al campo.
Papá falleció.
Conocí a mi marido. Inicié mi propia familia a su lado y Katana quedó acompañando a mamá.
Vivíamos cerca, de modo que la veía casi a diario.
Nació mi hijo y Katana lo cuidaba con dulzura y paciencia...
Hasta que un día mi vieja amiga tuvo que partir allá a donde van los perros a esperarnos si somos lo bastante buenos como para llegar allí...
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Ese vacío no se llenó nunca.
Hubo otros perros, y los amé, pero no era lo mismo.
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En primer lugar mi vieja perra desde hacía mucho que no me parecía grande, sino que todos los demás perros se me antojaban tremendamente chicos...
Y había un vínculo, una comprensión entre nosotras que nunca hallé otra vez.
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Pasaron años, y un día le dije a mi marido que quería tener una danesa otra vez.
Fuimos a Buenos Aires a buscarla. En Chile no había.
Esta vez íbamos a hacerlo bien.
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Trajimos a nuestra nueva Katana.
Se llamaba Hamira de Insha Alá. Inscrita desde luego, y con muchos abolengos.
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Y la magia se hizo otra vez.
La conexión se instaló en nuestras miradas...
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Ella ganó simplemente todos los títulos que se puedan ganar.
Era bella. Perfectamente bella.
Era inteligente, dulce, elegante.
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Y esto se volvió pasión.
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Comenzamos a criar nuestros propios perros, a buscar nuestro propio ideal estudiando la raza a fondo, el standard, los pedigrees, las líneas de sangre.
Nos hicimos amigos de tantos criadores que soñaban como nosotros en tantos rincones del mundo.
Exportamos e importamos cachorros. Fuimos los primeros en exportar a Estados Unidos, y los trajimos desde lugares tan distantes como la República Checa.
Tuvimos un Campeón Mundial, y una cachorra nuestra fue Campeona de América en el Mundial de México con apenas 3 meses, cosa nunca vista. Cachorros nuestros descollaron en campeonatos de belleza y agility en diversos países, y su temperamento maravilloso los hizo muy demandados para zooterapia...
Y con la zooterapia comenzamos a recibir mensajes de emocionados amos médicos que tenían extraordinarios éxitos usando sus perros como apoyo con pacientes de Alzheimer, psicólogos con niños abusados, profesores con clases de deporte a niños con Dawn, terapeutas con chicos hipoacúsicos, kinesiólogos con minusválidos, enfermeras con pacientes en recuperación...
Entonces, y cuando recibíamos para Navidad esas fotos de niños pequeños y sonrientes junto a perros enormes que recordábamos haber dejado ir apenas como bolitas peludas tiempo atrás, sabíamos que habíamos aportado lo nuestro. Que habíamos puesto la pieza faltante en esas familias. Que esos niños iban a crecer con el recuerdo imborrable de ese gigante protector a su lado. Que esos enfermos hallaban el consuelo dulce en esa mirada inocente porque nosotros lo hicimos posible.
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Esa es nuestra misión.